Entre caribúes, escritoras y destierros. Por Jacqueline Goldberg

Quiero contarles algo: el reno o caribú es un mamífero que habita en las tundras y taigas de Alaska y Canadá. Al llegar el verano, los rebaños se dirigen hacia el norte, en una de las mayores migraciones conocidas de mamíferos de gran tamaño. Al llegar el invierno, retornan al sur en un puntual rito que comulga con los climas y la supervivencia. Esos empeños migratorios llevan al caribú a recorrer hasta cinco mil kilómetros en los que puede ingerir hasta cinco kilogramos de pasto. Dato curioso: los rebaños de hembras inician la migración varias semanas antes que los machos, que las siguen en la retaguardia junto a las crías de la última camadaque aún no lleguen al año de edad. Las hembras pueden distanciarse unos 240 kilómetros delos machos.
El mundo animal nos regala otra acotación al tema de los viajes obligantes y el rol de la hembra en ellos: las pardelas baleares, ave marina europea en peligro de extinción, inician una migración de tres meses, donde salen fuera del Mediterráneo para buscar alimento en las costas atlánticas de la Península Ibérica y Francia. Y sólo las hembras emigran al suroeste de Inglaterra. Un estudio encontró que las hembras pueden pasar más tiempo en migración que los machos.

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Al vuelo, se me ocurre que también algo en las hembras de la especie humana ocurre como una epifanía que impulsa y cuida la migración. Tantas veces es la mujer quien encarna el anhelo de tierras más propicias para continuar, no ya la mera supervivencia física, sino la espiritual, la intelectual, la que conducirá a alguna forma de trascendencia real o escritural.

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En la literatura de la migración —tema conductor del libro que hoy presentamos— hallamos escritoras diaspóricas, herederas, mudadas, exiliadas, desterradas, refugiadas, peregrinas, repatriadas, desplazadas, desamparadas, anhelantes. Todas hacedoras de una literatura que vive la extranjeridad y los desplazamientos como excusa para reflexionar sobre un migrar de emociones y reflexiones. Como los caribúes del hemisferio norte, se adelantan, no solo al varón, sino al remolino emocional que trae consigo partir, viajar, llegar, asentarse y adecuarse.
Dice Cristina Peri Rossi en el prólogo de su libro Estado de exilio que si «el exilio no fuera una terrible experiencia humana, sería un género literario». Y lo es. Es el género de la dislocación primigenia, la genealogía de todos los discursos.

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Se me antoja finalizar esta presentación con frases de dos errantes, migrantes, escritoras que recogieron sus cenizas para hacerse en otrolar:

«Partir es siempre partirse en dos», escribió Cristina Peri Rossi.

«El exiliado es el devorado, devorado por la historia», dijo María Zambrano.

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En la escritura se forja la identidad del escritor, pero el escritor tiene la potestad de forjar otra identidad en su escritura, piensa una Jacqueline Goldberg agradecida de que su novela, Las horas claras, haya sido desentrañada en este libro y de estar presente en esta mesa sabatina junto a ustedes y cuya experiencia migratoria real se remite a la memoria de padres y abuelos, pues la suya es apenas una estancia poética que arropa unas pocas valijas que viajaron 900 kilómetros en cómodo avión hace veinticinco años: de Maracaibo a Caracas. Experiencia al parecer carente de dolor y de la que aún no escribe ni se escribe.

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Publicado por

lamiradafemenina

Proyecto de investigación acerca de Literatura multicultural femenina realizado en la Universidad Metropolitana, Unimet, Caracas

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